La reconstrucción debe corregir las fragilidades de la red
Cuando ocurre una catástrofe inesperada, como un terremoto, entendemos de inmediato lo que significa estar conectados. Una antena fuera de servicio significa una familia que no logra comunicarse. Una ruta de fibra interrumpida puede significar un municipio con dificultades para coordinar la emergencia. Y una red que tarda en recuperarse termina afectando también comercios, hospitales, autoridades y servicios públicos. En esos momentos, la primera necesidad es restablecer rápidamente la conexión.
El desafío fue considerable. Cerca de 75% de los 7.869 sitios del área analizada registró alguna afectación y hoy la recuperación se acerca a 96%. Esa recuperación de la red no ocurre al mismo ritmo en todas partes. Mientras unos sitios vuelven al servicio, otros pueden presentar nuevas fallas. Entender esa dinámica es importante para saber qué tan preparada está la infraestructura para soportar una disrupción de esta magnitud.
La Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC) ha seguido la emergencia combinando información propia, datos del MinTIC y mediciones de terceros como Ookla y MedUX. Al cruzar esas fuentes, empiezan a aparecer diferencias que el dato agregado no muestra. En las mediciones analizadas, Pereira y Quibdó mostraron las mayores desviaciones frente a las semanas previas al sismo. Cali tuvo una afectación inicial y una recuperación relativamente rápida, mientras Manizales se mantuvo más cerca de su comportamiento habitual. El 96% de recuperación es una buena noticia, pero las diferencias entre territoreios y operadores muestran que el agregado no cuenta toda la historia.
Podemos tener una recuperación alta en el agregado y, al mismo tiempo, territorios muy expuestos a una nueva falla. Lo importante ahora es entender dónde una sola afectación puede dejar pocas alternativas para mantener la conectividad.
Cuando miramos la infraestructura de fibra, la diferencia territorial vuelve a aparecer. En cerca de seis de cada diez municipios de la zona analizada aparece, como máximo, un solo grupo con infraestructura de fibra registrada. En esos mismos municipios, la proporción de registros móviles que todavía presentan afectaciones en el corte analizado es, en términos relativos, cerca del doble que donde aparecen dos o más grupos. Los datos no permiten decir que esa sea la causa ni que exista una sola ruta de transporte. Pero la coincidencia sí permite preguntarnos si algunos territorios tienen menos alternativas cuando una parte de la red falla.
Tener la antena en pie y la fibra intacta tampoco garantiza que el servicio continúe. Si se agotan las baterías o no es posible llegar con combustible, la red también deja de funcionar. En el monitoreo de la CRC hubo casos en los que los indicadores de calidad se deterioraron con mayor fuerza varias horas después del sismo. Una posible explicación es el agotamiento progresivo de los respaldos de energía; su recuperación posterior, a su vez, puede coincidir con el retorno del suministro, la entrada de generadores o la recuperación de la transmisión. No podemos atribuir ese comportamiento a una sola causa, pero sí queda claro que desplegar infraestructura no basta. La capacidad de mantenerla funcionando cuando falla la energía también cuenta.
La reconstrucción debería ayudarnos a identificar dónde una falla puede aislar un territorio y actuar justamente allí. La respuesta tampoco tiene que ser siempre construir más. Puede hacer falta una nueva ruta, pero también puede ser más eficiente aprovechar mejor lo que ya existe, compartir infraestructura o complementar la fibra con microondas, redes móviles o soluciones satelitales.
La conclusión es que no basta con reconstruir. La urgencia es recuperar la conectividad, pero la oportunidad está en que la reconstrucción no nos devuelva exactamente al mismo punto, sino que corrija las vulnerabilidades que el sismo dejó expuestas.