Hay una conversación que Colombia necesita dar sin extremos: ¿cómo vamos a producir más alimentos, con mayor sostenibilidad, y bajo condiciones climáticas y fitosanitarias cada vez más exigentes?
La respuesta empieza a aparecer con bastante claridad en la evidencia internacional: necesitamos productividad, innovación y complementariedad. El reciente informe ‘Perspectivas Agrícolas OCDE-FAO’ señala con claridad que el crecimiento de la oferta agroalimentaria global no provendrá de ampliar la frontera agrícola, sino de incrementar sustancialmente los rendimientos por hectárea, mediante innovación y mejores prácticas agronómicas.
Para Colombia el desafío es aún mayor. Somos un país tropical, con enorme diversidad productiva, pero también con alta presión de plagas, enfermedades y malezas. Un estudio sobre fortaleza alimentaria que adelantamos en Procultivos ANDI en 16 cultivos estratégicos en el país, evidencia justamente cuánto puede comprometerse la producción cuando esas amenazas no son manejadas adecuadamente. A grandes rasgos, el informe señala que por cuenta de restricciones al uso de plaguicidas, Colombia podría perder cerca del 46 % de sus cosechas en esos cultivos analizados.
Por eso resulta peligroso convertir la agricultura en una discusión de falsos dilemas: químico o biológico; productividad o sostenibilidad; agricultura o biodiversidad. La agricultura que necesitamos no funciona con ‘o’, funciona con ‘y’. Necesitamos nutrición convencional y biofertilizantes; protección química y biocontroladores; semillas mejoradas y salud del suelo; conocimiento tradicional y agricultura digital. También necesitamos prevención, monitoreo, umbrales de intervención y decisiones agronómicas que permitan utilizar cada herramienta donde verdaderamente agrega valor.
Ante este panorama hay una enorme oportunidad para los bioinsumos, no como una promesa destinada a desplazar las tecnologías existentes, sino como una nueva generación de herramientas que debe incorporarse aceleradamente al arsenal productivo del agricultor. Biocontroladores, bioestimulantes y biofertilizantes pueden contribuir a manejar resistencias, mejorar eficiencia, fortalecer la salud del suelo y reducir progresivamente determinadas aplicaciones cuando las condiciones agronómicas lo permitan.
La experiencia internacional da señales interesantes. Brasil ha desarrollado durante décadas capacidades científicas y productivas en bioinsumos y los ha integrado progresivamente con tecnologías convencionales. En sistemas intensivos de España, el control biológico se combina con monitoreo y aplicaciones selectivas cuando las poblaciones de plagas superan determinados umbrales. La lógica no es reemplazar automáticamente: es escoger mejor.
Los propios agricultores avanzan en esa dirección. El ‘Global Farmer Insights 2026’, construido a partir de 5.500 productores de diez países, reporta que 41 % utiliza biocontroles y 48 % bioestimulantes, con Latinoamérica destacándose en adopción. Pero hay una condición determinante: el productor exige retorno y desempeño comprobado. Ese dato debería orientar nuestra política pública.
Colombia necesita acelerar el desarrollo y disponibilidad de bioinsumos eficaces, con regulación técnicamente diferenciada, investigación, validación agronómica local, inversión e incentivos que permitan llevar innovación desde los laboratorios hasta las fincas. Pero necesitamos hacerlo sin cometer el error de retirar herramientas antes de contar con alternativas capaces de responder, con igual rigor, a las condiciones reales del cultivo.
El país tiene además una oportunidad extraordinaria: convertirse en desarrollador y productor de soluciones biológicas adaptadas a una de las agriculturas tropicales más diversas del planeta. No deberíamos limitarnos a discutir qué tecnología retirar, por el contrario, deberíamos preguntarnos qué nuevas tecnologías somos capaces de crear, producir y exportar.
La sostenibilidad no puede construirse sacrificando productividad, porque una agricultura que pierde cosechas tampoco es sostenible. Tal vez allí esté el cambio de conversación que necesita nuestra agricultura.
El futuro no será exclusivamente químico ni exclusivamente biológico. Será científico, integrado, medible y crecientemente preciso, porque frente al desafío de alimentar más personas preservando nuestros recursos naturales, la verdadera innovación no consiste en escoger entre tecnologías, consiste en conseguir que trabajen juntas para producir más y mejor.