La salud empieza en el suelo
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Luis Armando Castilla Lozano

La salud empieza en el suelo

06 de abril de 2026
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La discusión sobre la salud suele concentrarse en problemas asistenciales, hospitales, medicamentos y sistemas de atención. Sin embargo, una parte crítica del problema está antes: en la forma en que se producen los alimentos, tema totalmente ligado a la nutrición. La agricultura no solo define la oferta alimentaria, también condiciona la calidad nutricional y sus implicaciones en enfermedades que causan gran parte de las muertes en una sociedad. Entender la salud sin mirar la producción de alimentos es analizar parcialmente el problema.

Por esa razón, es importante analizar el contexto internacional para entender mejor esta relación. En la actualidad, la tensión en el Golfo Pérsico, especialmente la incertidumbre en el estrecho de Ormuz ha elevado el precio del petróleo por encima de los US$110 por barril. Esto, sumado a factores logísticos, ha encarecido insumos clave como los fertilizantes, especialmente los nitrogenados. La urea, base de la fertilización en muchos cultivos, supera hoy los US$800 por tonelada. Este aumento es una señal de la dependencia estructural de los modelos de producción agrícola frente a insumos energéticos externos.

Esa dependencia tiene efectos directos en la producción de alimentos y en la nutrición de las sociedades. Cuando sube el costo de la urea, el productor enfrenta decisiones complejas: puede reducir las dosis de sus planes de manejo y afectar rendimientos, o mantenerlas y asumir mayores costos de producción. En ambos casos, el impacto termina trasladándose al precio de los alimentos, con incrementos estimados entre 5% y 20% para el consumidor. La salud empieza a verse afectada cuando el acceso a los alimentos se vuelve más limitado o inestable, siendo las poblaciones de menores ingresos las más afectadas.

Pero el problema no es solo de precios, también es de calidad. Aquí es donde el suelo entra en el centro de la discusión. La fertilidad no es únicamente una cuestión de aplicar nutrientes, es una condición que se construye. Un suelo con alta materia orgánica, buena estructura y actividad biológica activa es capaz de sostener la producción con menor dependencia de insumos externos. Esto cambia la lógica de la agricultura: de un modelo basado en la adición a uno basado en el funcionamiento del sistema. El enfoque de la agricultura regenerativa no trata de eliminar la fertilización química, sino reducir la dependencia a través de procesos biológicos. Incrementar la biodiversidad del suelo, mejorar la materia orgánica y fortalecer la actividad microbiana permite una mayor disponibilidad de nutrientes, lo que se traduce en sistemas más estables y con mejor capacidad de respuesta frente a cambios externos.

La agricultura de precisión complementa este enfoque. Aplicar insumos en el momento y lugar adecuados permite mejorar la eficiencia. Cuando esta precisión se combina con suelos más sanos, el resultado es una reducción de costos y una mejora en la productividad. El manejo del suelo es una pieza central en este proceso, por lo que la labranza no puede ser una práctica uniforme, debe responder a condiciones específicas. Un análisis físico adecuado permite definir el tipo de intervención necesaria, manteniendo el objetivo de avanzar hacia sistemas de labranza mínima o siembra directa, que reduzcan la erosión y aumenten la materia orgánica. Un suelo mejor estructurado es un suelo más productivo.

La capacidad del suelo para retener agua es otro factor determinante. Un suelo con mayor contenido de materia orgánica actúa como un reservorio natural, lo que permite sostener el crecimiento de las plantas incluso en condiciones de menor disponibilidad hídrica. La estabilidad en la producción depende en gran medida de esta capacidad, complementada por su estructura biológica. La salud del suelo se traduce en resiliencia productiva.

El cambio también implica dejar de pensar en cultivos aislados. Los sistemas de producción deben analizarse como un conjunto, utilizando técnicas como la rotación de cultivos, especialmente con leguminosas, lo que permite mejorar la fertilidad del suelo de forma natural. Estos cultivos fijan nitrógeno y reducen la necesidad de fertilización externa. El beneficio no siempre se refleja en el corto plazo, pero sí en la sostenibilidad del sistema en el tiempo. Además, la diversificación tiene otros efectos: sistemas más diversos presentan menos problemas de plagas, enfermedades y malezas, lo que reduce la necesidad de agroquímicos y mejora el equilibrio del agroecosistema. La sanidad deja de depender exclusivamente de controles externos y pasa a ser una consecuencia del diseño del sistema productivo, impactando directamente la calidad de los alimentos.

El manejo integrado de nutrientes refuerza esta lógica. No se trata de eliminar los fertilizantes sintéticos, sino de utilizarlos de manera más eficiente. La incorporación de residuos de cosecha, la creación de coberturas vegetales y el uso de materia orgánica permiten reciclar nutrientes dentro del sistema. Esto reduce la dependencia de insumos externos y mejora la eficiencia de aquellos que se aplican, convirtiendo al suelo en un sistema activo. La actividad biológica es el motor de esta transformación. Los microorganismos del suelo cumplen funciones clave; bacterias fijadoras de nitrógeno y organismos solubilizadores de fósforo permiten que los nutrientes estén disponibles para las plantas, logrando que los nutrientes aplicados se aprovechen mejor. La fertilidad es un proceso, no un insumo.

Este proceso se conoce como biofertilización, y permite potenciar estos mecanismos mediante la inoculación de microorganismos, mejorando la eficiencia en la absorción de nutrientes y fortaleciendo la actividad biológica del suelo. Esto reduce la necesidad de fertilizantes sintéticos y mejora la estabilidad del sistema. Es una forma de trabajar con los procesos naturales, en lugar de depender exclusivamente de insumos externos.

Por otra parte, la integración de sistemas agrícolas con ganadería regenerativa amplía las posibilidades productivas. El pastoreo rotativo mejora la cobertura vegetal y el reciclaje de nutrientes, lo cual permite la recuperación del suelo y fortalece su fertilidad. La combinación de agricultura y ganadería genera sistemas más equilibrados y productivos, con incrementos en la rentabilidad entre el 30% y el 60% en sistemas bien manejados. Reducir costos y mejorar la productividad es una consecuencia directa de trabajar sobre la salud del suelo.

Al final, la relación entre la salud del suelo y la salud humana es directa. Sistemas productivos más equilibrados generan alimentos más estables en calidad y disponibilidad, mientras que suelos degradados producen inestabilidad.

En un contexto geopolítico cambiante, con precios de la energía y los insumos volátiles, la estabilidad alimentaria y la salud de la población no dependen exclusivamente del mercado, sino de decisiones técnicas en el manejo del suelo. Prepararnos para producir con sistemas resilientes es un activo estratégico que el país debe desarrollar.

Por eso, la salud no empieza en el sistema de atención, empieza en el suelo. Regenerarlo, manejarlo con criterio técnico y hacerlo visible a través de la trazabilidad es una decisión de salud pública y de estabilidad a largo plazo.

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