El próximo gobierno debe hacer del Snia el motor de la transformación del agro colombiano
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Luis Armando Castilla Lozano

El próximo gobierno debe hacer del Snia el motor de la transformación del agro colombiano

31 de julio de 2026
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Durante décadas, Colombia ha intentado transformar su sector agropecuario mediante subsidios, programas ineficaces de extensión agropecuaria y proyectos inconexos con visión a corto plazo. Sin embargo, a pesar de que los resultados continúan siendo insuficientes, se ha continuado bajo la misma ruta. Los costos de producción siguen siendo elevados, la productividad crece lentamente, la apertura de nuevos mercados avanza con dificultad y miles de productores permanecen atrapados en esquemas de baja rentabilidad.

La verdadera revolución para el agro colombiano será cuando se aplique la ciencia y la tecnología al servicio de producir alimentos de alta calidad. Paradójicamente, el país ya cuenta con una herramienta en ese sentido que permite enfrentar muchos de estos desafíos: el Sistema Nacional de Innovación Agropecuaria (SNIA), creado por la Ley 1876 de 2017. El problema no es su existencia, sino que aún no ha sido aprovechado con todo su potencial.

Si el próximo gobierno, liderado por el presidente electo Abelardo de la Espriella, quiere convertir el agro en uno de los motores del crecimiento económico nacional, el Snia debería ocupar un lugar prioritario en su agenda. Más que diseñar nuevos programas, o buscar importar soluciones, el reto consiste en fortalecer los instrumentos existentes y orientarlos a resolver los problemas concretos que enfrentan los productores en cada territorio.

Hoy la extensión agropecuaria continúa siendo, en muchos casos, un servicio que se mide por el número de acciones realizadas, dinero ejecutado o alcance en número de personas, y no por resultados concretos en aporte al PIB, superación de pobreza rural o protección ambiental. El verdadero éxito debería evaluarse por el incremento en la productividad, la reducción de los costos de producción, la adopción de nuevas tecnologías, el mejoramiento de la rentabilidad de las unidades productivas y el aumento de los ingresos de las familias rurales.

Para lograrlo, es indispensable fortalecer los Planes Departamentales de Extensión Agropecuaria (Pdea) y los Planes Estratégicos de Ciencia, Tecnología e Innovación Agropecuaria (Pectia), convirtiéndolos en verdaderas hojas de ruta para cada departamento. No pueden seguir siendo documentos que reposan en los archivos de las entidades públicas, sin una hoja de ruta verdaderamente estratégica. Deben transformarse en instrumentos dinámicos que identifiquen las principales limitaciones de cada cadena productiva y coordinen las soluciones entre el Estado, la academia, los profesionales del sector agropecuario, los productores y sus agremiaciones y centros de investigación.

En este propósito, los ingenieros agrónomos y los demás profesionales del sector agropecuario tienen un papel insustituible. Son ellos quienes traducen el conocimiento científico en decisiones prácticas dentro de cada unidad productiva, adaptando las tecnologías a las condiciones de los suelos, el clima y las características productivas de cada región. Fortalecer la extensión agropecuaria pasa por fortalecer sus capacidades y su asociatividad.

Pero la extensión agropecuaria del siglo XXI debe ir mucho más allá de acompañar la producción. El productor necesita acompañamiento para administrar su empresa, reducir riesgos, incorporar tecnologías digitales, acceder al crédito, cumplir estándares internacionales de inocuidad y trazabilidad, implementar Buenas Prácticas Agrícolas y conectar su producción con mercados nacionales e internacionales. La innovación no termina cuando aumenta el rendimiento por hectárea, comienza cuando ese incremento se traduce en mayores ingresos para las familias rurales y los empresarios del agro.

Colombia posee ventajas comparativas extraordinarias para producir alimentos durante todo el año. Sin embargo, esas ventajas solo se convertirán en ventajas competitivas si el conocimiento científico llega efectivamente al territorio y se traduce en productos diferenciados, seguros y de alta calidad. En un mercado global, producir más ya no es suficiente, es necesario producir mejor, con menores costos, mayor sostenibilidad y estándares que permitan acceder a los mercados más exigentes del mundo.

Por ello, el fortalecimiento del SNIA debe convertirse en una política estratégica de Estado. Mejorar su gobernanza, fortalecer la extensión agropecuaria, articular la ciencia con las necesidades territoriales y medir los resultados por su impacto económico, ambiental y social, son decisiones que pueden marcar la diferencia durante el próximo cuatrienio.

Al final, el éxito de la política agropecuaria de este gobierno no se medirá por el número de proyectos ejecutados ni por la cantidad de recursos invertidos. Se medirá por resultados tangibles: ¿qué tanto va a mejorar la calidad de vida de los productores rurales y sus ingresos?

En últimas, lo realmente importante será la capacidad de convertir el campo en un lugar digno de habitar, con negocios prósperos, donde producir alimentos sea rentable, competitivo y sostenible, donde los agricultores encuentren oportunidades de crecimiento y donde Colombia consolide una oferta agroalimentaria de calidad, inocua y con presencia en los mercados internacionales. Ese es, precisamente, el propósito para el cual fue creado el SNIA.

Ha llegado el momento de hacerlo realidad.

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