La eterna espera por un desarrollo agropecuario que jalone al país
Colombia se encuentra, una vez más, ante la encrucijada de definir su futuro en las próximas elecciones legislativas y a la presidencia de la República. Sin embargo, en medio del ruido político, hay una verdad estadística ineludible que debe convertirse en uno de los pilares centrales del próximo gobierno: el potencial desperdiciado del campo colombiano. Según la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria Upra, Colombia posee una frontera agrícola de aproximadamente 39,6 millones de hectáreas con vocación para el cultivo. No obstante, la realidad es dolorosa: apenas estamos cultivando alrededor de cinco a seis millones de hectáreas.
Esta brecha abismal entre lo que somos y lo que podríamos ser, no es solo un dato curioso; es una tragedia económica. Tenemos más de 30 millones de hectáreas esperando ser productivas, una extensión de tierra superior a la de muchos países europeos enteros, hoy subutilizada. Por ello, el próximo gobierno tiene la obligación histórica de priorizar al sector agropecuario, no con subsidios asistencialistas, sino con una visión de potencia mundial.
La primera piedra angular de esta construcción debe ser la seguridad jurídica. La inversión para transformar esos millones de hectáreas requiere capital a largo plazo y un Estado que garantice la propiedad privada. Sin confianza, el capital huye, y la tierra se queda baldía. Necesitamos reglas claras que blinden la actividad agropecuaria contra la incertidumbre.
Despensa agrícola
Pero la seguridad debe ir acompañada de libertad. Colombia es uno de los siete países que la FAO ha identificado con el mayor potencial para convertirse en despensa agrícola del mundo. Para lograrlo, no podemos atarnos a un único modelo. El debate no debe ser excluyente. Un gobierno sensato debe garantizar la libre escogencia del modelo tecnológico, permitiendo la convivencia de la agricultura campesina con la agricultura mediana y de alto desarrollo tecnológico.
Debemos proteger al pequeño productor, pero también incentivar la innovación. Si queremos aprovechar esas tierras improductivas, necesitamos biotecnología, agricultura de precisión y mecanización. Solo así podremos aumentar los rendimientos por hectárea y competir en un mercado global voraz.
El objetivo inmediato es la seguridad alimentaria. Un país con tal riqueza de suelos no debería importar millones de toneladas de alimentos básicos que se podrían producir internamente. Para revertir esto, es fundamental fomentar modelos asociativos que permitan generar economías de escala y garantizar el abastecimiento nacional.
Sin embargo, la meta a mediano y largo plazo debe ser mucho más ambiciosa y es a la vez necesario plantear desarrollos con vocación exportadora. El próximo gobierno debe obsesionarse con la transformación agroindustrial. No basta con solo producir materia prima; el verdadero desarrollo está en exportar productos procesados que generen valor agregado.
Si lográramos poner a producir de manera eficiente tan solo un porcentaje adicional de nuestra frontera agrícola, el impacto en el PIB sería transformador. Necesitamos generar excedentes de alta calidad que conquisten los mercados internacionales. El mundo demandará un 70% más de alimentos para el año 2050, y Colombia tiene además de la tierra, el agua y el clima a los diferentes tipos de productores, pequeños, medianos y grandes, esperando por los estímulos públicos y privados para responder a ese llamado.
El mensaje, por lo tanto, es urgente, requerimos de un liderazgo que entienda que dejar 30 millones de hectáreas improductivas es un lujo que no nos podemos dar. Necesitamos un gobierno que respete la libertad de empresa y que vea en la agroindustria y las ultimas herramientas de la tecnología el motor para sacar a millones de la pobreza. Todo esto apoyado en la sostenibilidad ambiental, en el respeto a la cultura de las diferentes comunidades, pero siempre empeñados en el desarrollo social y económico de los territorios.
Es hora de revisar las propuestas de los diferentes candidatos tanto al Congreso como a la presidencia de la República, que nos presenten cuales van a ser sus banderas para el campo colombiano y cómo lo piensan hacer para que podamos confrontar esas ideas y tomar o no la decisión de apoyarlos en las urnas, para que ojalá el sueño de ser una potencia agroalimentaria mundial sea algún día una realidad.