Enfrentar El Niño y asegurar el futuro de las agroexportaciones
Una evaluación del Programa Mundial de Alimentos (WFP/2025) analizó los resultados de R4, una iniciativa de resiliencia rural implementada durante más de una década en Zambia para ayudar a pequeños productores, en zonas expuestas a sequías, a gestionar riesgos climáticos y económicos mediante un modelo que integra, entre otras herramientas, el aseguramiento agrícola.
El programa enfrentó la sequía del Fenómeno de El Niño 2023–2024. R4 contribuyó a incorporar el seguro de cosechas al programa nacional de apoyo a los agricultores, que extendió su cobertura a más de un millón de productores.
La evaluación del WFP identificó dificultades en la comprensión de los seguros y en su articulación operativa. La experiencia dejó una lección relevante: ampliar la cobertura es fundamental, pero no suficiente para responder efectivamente al productor.
Esta lección cobra especial relevancia para Colombia ante el actual Fenómeno de El Niño. Sabemos que el país cuenta con instrumentos de aseguramiento agropecuario para subsidiar la adquisición de seguros frente a los riesgos asociados a este fenómeno, pero debemos reconocer que persisten barreras que dificultan el acceso de los productores y limitaciones de los seguros para responder a sus riesgos específicos.
También debemos mirar la realidad de nuestro sector agroexportador y sus posibilidades de protegerse, porque la gestión del riesgo climático no puede limitarse a responder a una temporada o a un fenómeno determinado.
La agricultura de exportación no puede ver el aseguramiento como un gasto adicional, sino como una protección a la inversión y continuidad de sus negocios. Por eso, es necesario identificar las barreras que aún existen en Colombia para acceder a estos instrumentos y, sobre todo, avanzar en soluciones.
Ante El Niño, el aseguramiento debe responder no solo a la pérdida física del cultivo, sino también a los efectos del déficit hídrico y las temperaturas extremas sobre la productividad, la calidad y el rendimiento. En el Hass, por ejemplo, una planta puede sobrevivir, pero registrar afectaciones en floración, cuajado o calibre.
Esto exige coberturas ajustadas a los riesgos de cada actividad productiva y mecanismos para medirlos mejor. Los seguros paramétricos, basados en indicadores objetivos como precipitación o temperatura, son una alternativa; y los esquemas colectivos a través de gremios, asociaciones u otras formas de organización pueden facilitar el acceso de los productores.
Pero también se requiere prevenir. Las coberturas pueden complementarse con inversiones en riego eficiente, reservorios, almacenamiento de agua y otras medidas de adaptación que reduzcan la vulnerabilidad del cultivo. Gestionar el riesgo es prepararse para una eventual pérdida y disminuir su posibilidad e impacto.
Desde el productor, las barreras son concretas, y algunas obedecen a no contar con respuestas específicas según su actividad. Un seguro para el arroz no debe responder a la misma lógica que uno para el café o el Hass.
En primer lugar, con ingresos variables, asumir parte de la prima puede ser difícil, aun con subsidios.
A ello se suma la oferta limitada de productos que respondan a los riesgos específicos de cada actividad agrícola y la falta de información robusta sobre variables como productividad, clima, ubicación y características del cultivo para valorar adecuadamente el riesgo, lo que puede traducirse en primas más altas.
Además, persisten brechas de información y educación sobre coberturas, exclusiones, deducibles y procesos de indemnización, que pueden generar desconfianza frente al seguro. El aseguramiento resulta complejo para un productor rural: identificación del predio, información técnica, ubicación, características del cultivo, evaluación del riesgo, etc.
Finalmente, la dispersión de los productores y las diferencias de escala pueden elevar los costos de evaluación individual para las aseguradoras y dificultar el desarrollo de esquemas eficientes.
Superar estas barreras exige al país avanzar en un modelo de aseguramiento que conecte más con la realidad productiva del campo y que contemple:
- Diseñar seguros específicos según los riesgos de cada actividad productiva.
- Impulsar los seguros paramétricos frente a riesgos como déficit hídrico y temperaturas extremas.
- Esquemas colectivos a través de gremios, asociaciones y otras organizaciones de productores.
- Una plataforma nacional de información climática y productiva que valore mejor los riesgos y contribuya a reducir las primas.
- Integrar aseguramiento y adaptación para que reducir el riesgo genere mejores condiciones para el productor.
El Aguacate Hass reúne condiciones para avanzar en esta dirección. Su organización gremial y la información climática, territorial y productiva disponible lo convierten en candidato para un piloto de aseguramiento climático que integre esquemas colectivos y paramétricos, permita evaluar sus resultados y genere aprendizajes que puedan ser aprovechados por otras actividades agrícolas del país.
La experiencia de Zambia muestra lo que se logra con un trabajo articulado entre diferentes actores. En Colombia, gremios, Gobierno y aseguradoras tenemos la oportunidad de hacerlo. Construyamos una capacidad de aseguramiento que proteja al productor frente a El Niño y, sobre todo, que permanezca cuando el fenómeno haya pasado.