Estaba aún muy niño cuando se presentó el terremoto de Popayán. A mis 8 años todavía no entendía muy bien la tragedia, pero sí veía asombrado las imágenes. No sabía aún qué significaba una magnitud de 5,5 en la escala de Richter. Después vino la erupción del volcán Nevado del Ruiz y la avalancha de Armero, en noviembre de 1985, y viene a mi mente la imagen de la niña Omaira. Su dolor fue el de toda Colombia y su muerte quedó en el recuerdo de todos los que sufrimos esa tragedia.
En mi mente también está marcado, como si fuera hoy, un temblor ocurrido en octubre de 1992 que destruyó la población de Murindó, en el Chocó. Yo vivía en Medellín y se sintió muy fuerte; tan fue así que el agua de los sanitarios del apartamento donde vivía se salió. ¡Calculen la fuerza del temblor! Recuerdo después el terremoto del Eje Cafetero, que dejó a muchos amigos y familiares damnificados. Me tocó sufrir en carne propia las inundaciones del río Magdalena en 2010. Fue muy doloroso ver cómo muchas familias perdían todo, pero, a la vez, fue reconfortante que, gracias a las obras de protección construidas, también logramos salvar a muchos.
De la avalancha de Mocoa me quedó el dolor de tocar una ciudad con muchas carencias y personas que, de por sí, ya tenían muchas necesidades.
Volví a vivir la tragedia de las inundaciones en La Mojana en 2021. La sudamos, ayudamos y la lloramos de la mano de muchos amigos. Nos instalamos en Majagual y desde allí coordinamos las ayudas y acompañamos a las comunidades.
Pues bien, otra vez la tragedia llama a la puerta de la patria. El lunes, un terremoto de 7,4 grados en la escala de Richter, con epicentro en San José del Palmar, en el Chocó, despertó a muchos colombianos que iniciaban sus labores. Quibdó, Cali, Pereira y Manizales fueron algunas de las ciudades más afectadas. Estoy seguro de que, además, son muchos los municipios intermedios y pequeños afectados que aún no han sido reportados.
Quién lo creyera: hace solo unas semanas acompañábamos a nuestros hermanos venezolanos que sufrían la tragedia del terremoto de La Guaira, y hoy somos los colombianos quienes vivimos lo mismo. Desde el mismo momento del terremoto se movilizaron los equipos de socorro, búsqueda y rescate. Ya empiezan a verse los milagros, como el de Diana, rescatada de las ruinas después de 29 horas en la ciudad de Cali.
El pueblo colombiano es solidario y eso también se siente. Afortunadamente, hay un nuevo gobierno que también está trabajando desde el mismo momento en que se presentó la situación.
Los colombianos nos crecemos ante la adversidad; es en ella cuando sacamos lo mejor que tenemos. Una oración al cielo por las víctimas, los damnificados y sus familias. En la tragedia nos movilizamos; caen ciudades y las reconstruimos. ¡En la dificultad, fuerza, Colombia!
Nota: Se reciben con esperanza los nombramientos de Leonidas Tobón y Arturo Dajud en los viceministerios de Desarrollo Rural y Asuntos Agropecuarios, respectivamente; de Orlando Dangond en la Agencia de Desarrollo Rural, y de Lina Garrido en la Agencia Nacional de Tierras. Éxitos en su gestión por el buen futuro del sector agropecuario.