Y en el campo tembló…
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Claudia Calero Cifuentes

Y en el campo tembló…

26 de agosto de 2026
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El 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el suroccidente colombiano. Las imágenes de Cali, Buenaventura, Chocó, fueron impresionantes, pero el sismo también golpeó con mucha fuerza a la ruralidad, que es la que sostiene una buena parte de la economía agrícola de la región.

En el norte del Valle, municipios como Toro, Roldanillo, Bolívar, La Unión, Zarzal, Sevilla, Caicedonia y Bugalagrande son los más golpeados, incluidos los Pueblos Mágicos Roldanillo y Sevilla. En estas zonas hay acueductos veredales, muchas viviendas hechas de bahareque, esterilla, con tejas de barro que terminaron en el suelo y destruidas. Según la Gobernación del Valle, al 19 de agosto, el departamento reporta 196 fallecidos, 3.555 heridos, 46.806 viviendas averiadas, 10.689 destruidas, 492 edificaciones colapsadas o afectadas, 153 vías afectadas, asimismo, 69 centros de salud, 847 educativos y 326 comunitarios. Son cifras que muestran una ruralidad golpeada y gente preocupada por su futuro.

Frente a esta tragedia, la reacción no se hizo esperar. La alianza entre lo público y lo privado se replicó en toda la región. Por ejemplo, en el norte del Valle, la Gobernación del Valle puso la coordinación con los municipios; GEM Latam (Global Empowerment Mission), ONG internacional con experiencia en desastres como los de Haití y Venezuela y con capacidad operativa, movilizó ayuda a gran escala; y Asocaña y sus ingenios, la logística, transporte, maquinaria, combustible y personal, además de azúcar, alimentos y artículos de primera necesidad. Entre todos hemos llevado más de 100 toneladas de ayuda a nueve municipios. Aquí todos hemos estado en función de: servir, ayudar y revivir.

La ayuda humanitaria ha sido importante, pero desde ya debemos prepararnos para reparar y reconstruir…reactivando la economía. La Declaratoria de Emergencia Económica y Social abre la puerta al mecanismo de Obras por Impuestos, el cual debe operarse urgente priorizando escuelas, hospitales y viviendas rurales; junto con líneas de crédito vía Bancóldex, Fondo Nacional de Garantías u otros, para que el turismo y el comercio vuelvan a abrir, esto es urgente.

Al campo hay que reactivarle su capacidad productiva, porque es lo que de verdad le da de comer a una familia rural. Los trabajadores necesitan ganarse el jornal diario, y a la par hay que restablecer la vivienda, los cultivos, los sistemas de riego y los beneficiaderos. Sin riego no hay cosecha, sin beneficiadero no hay café ni panela que vender, y sin vivienda digna el trabajador termina yéndose a buscar ingreso a otro lado. Es pasar de la asistencia humanitaria a que el pequeño productor agrícola vuelva a contar con la capacidad de producir.

El empresariado colombiano respondió rápidamente y hay que reconocerle su generosidad. La prueba reina vendrá cuando la ruralidad pida vías que, si bien no estaban en las mejores condiciones, ahora quedaron en situación peor, asimismo, se necesitan techos y riego en buen estado y, sobre todo, trabajo permanente. Contratar gente de la zona, comprar a proveedores locales y acompañar técnicamente al pequeño productor… esa una ruta que contribuye a la reconstrucción.

La reconstrucción rural necesita con urgencia un censo de daños, prioridades claras con los municipios y seguimiento público a los recursos, para que todos sepamos en qué se invirtieron y qué impacto están generando. El campo en el suroccidente aguantó este terremoto con la fuerza que nos ha caracterizado siempre; ahora hay que devolverle el impulso productivo, para que no le toque aguantar también el olvido de siempre.

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