Hoy, los medios de comunicación y las redes sociales están llenos de noticias sobre política, economía y seguridad. Poco espacio queda para contar lo positivo que está ocurriendo en el suroccidente colombiano, y vale la pena contarlo. Ahí, en un entorno complejo y lleno de desafíos, el campesino no solo ofrece lo que cosecha: ofrece productos transformados, empacados al vacío, con normas sanitarias, con código de barras. Productos formalizados, a precios competitivos y con calidades que superan a los tradicionales. Todo respaldado por una historia cargada de esfuerzo y persistencia, cuyo final feliz llega cuando el supermercado dice: ¡sí! Todo eso existe aquí. Y existe a escala.
Un ejemplo es el de ‘Édgar’ quien produce cacao en su finca, lo procesa y lo convierte en chocolate de mesa y en barra, 80% puro-aromatizado. Él hace parte de Compromiso Rural, un programa que lleva cinco años demostrando que el campo colombiano no necesita asistencialismo, lo que necesita es materializar oportunidades. Hoy son 958 emprendimientos activos en 51 municipios rurales del Valle del Cauca, Cauca y Risaralda. Tan solo en mercados campesinos han vendido más de $2.300 millones y han generado 4.500 empleos directos e indirectos. Cada emprendimiento que crece contrata a más gente, compra insumos locales y activa la economía del municipio. Es desarrollo productivo hecho desde adentro y con la gente.
Compromiso Rural ha identificado que no es suficiente sembrar con cosecha asegurada y abrir mercados. Édgar puede dar fe. Su negocio subió a otro nivel cuando le llegó fortalecimiento integral de capacidades de forma permanente. Es un modelo que busca robustecer un ecosistema completo alrededor del emprendedor rural.
Ese ecosistema tiene socios con nombres y apellidos. La Universidad del Rosario y la Universidad Autónoma de Occidente con formación en finanzas, mercadeo, storytelling y transformación empresarial. El Banco WWB con acceso a crédito para aquellos que nunca habían tocado la puerta de una entidad financiera. Supermercados Cañaveral y Supermercados La Montaña con canales de comercialización reales. Y los ingenios azucareros e Imecol, que apoyan con capital semilla, tecnología y patrocinan las ferias y mercados campesinos. Academia, banca, distribución y sector productivo en la misma mesa, con los pies en el territorio y comprometidos en una misma causa.
Sin duda, Édgar y sus colegas emprendedores son los que sostienen a Compromiso Rural. Son los que madrugan y no se arrugan frente a las vicisitudes. Son los que reformulan el producto cuando no se vende y vuelven a la feria y a la góndola con algo mejor. Su disciplina y persistencia son abrumadoras. Y detrás de ellos, hay un equipo de las organizaciones socias de este programa, que están en campo y que hacen un trabajo silencioso todos los días para que las cosas sucedan.
Esta es una historia breve pero que dice mucho: un territorio que apoya el emprendimiento le apunta al futuro y le cierra la puerta a quien solo ofrece miedo. Esa es la apuesta. Y en el suroccidente colombiano, Compromiso Rural está demostrando que funciona.
Iniciativas como ésta merecen multiplicarse. En Colombia hay sectores productivos tecnificados, formales y consolidados que, unidos con visión, pueden jalonar transformaciones reales en los territorios. Lo que Édgar ha logrado ha sido bueno para él y su familia, pero también para su comunidad. Esa es una de las tantas formas concretas de contribuir a un mejor país: desde el territorio, cuando muchos deciden sumarse a un propósito productivo común.