Usted agarra su canasto y sale a mercar. Da igual si va a la plaza de mercado del barrio, a la tienda de la esquina o al supermercado. Da igual si vive en Bogotá, en Barranquilla, Cali o en algún municipio del suroccidente de Colombia. Lo que sí no cambia es cuando le toca pagar y el dinero no le alcanza para comprar todo lo que consumía antes. Compra menos, cambia lo que come, reemplaza, reduce tamaños, o simplemente deja cosas por fuera del canasto. No es queja, no es percepción, es pura matemática.
La inflación de alimentos hoy está en 6% anual. La referida a los alimentos perecederos, es decir, frutas frescas, papa, tomate llega a 14,8% en lo que va del año. Estos productos se consumen cotidianamente y representan apenas 21% de la canasta de alimentos, pero han jalonado 60% de toda la inflación de ese rubro en 2026, según el más reciente análisis de Anif.
El diagnóstico oficial apunta a las lluvias. Y sí, llovió fuerte en Antioquia, en Boyacá, en Norte de Santander, en Nariño. Los precios subieron. Pero en Colombia la temporada de lluvias es recurrente y predecible. Estos factores climáticos son coyunturales, pero, en todo caso, hacen evidente las fragilidades estructurales del sistema agropecuario.
Ustedes se preguntarán ¿cuáles fragilidades? Las de siempre. Distritos de riego y drenaje inexistentes, incompletos o que no funcionan. Vías terciarias deterioradas que hacen que lo producido en el campo llegue a la plaza de mercado dañado. Seguros agrícolas que aún no llegan a todos los productores que los necesitan. Sistemas de control de plagas y enfermedades, semillas certificadas y fertilizantes que no siempre están disponibles ni a tiempo. E infraestructura de postcosecha insuficiente como son cuartos fríos, centros de acopio, plantas de transformación que contribuyen a reducir las pérdidas entre la finca y la mesa del consumidor.
Y si queremos proteína en el mercado, la historia no es diferente. La carne de res y la leche también sintieron el golpe: la producción ganadera en Córdoba, Antioquia y Meta se contrajo, en buena parte por las mismas condiciones climáticas, y trasladó esa presión a los alimentos procesados. Y hay otro factor que no se puede ignorar. El impuesto a los llamados alimentos ultraprocesados, vigente desde 2023 y hoy en 20%, encareció productos que millones de familias colombianas consumen. La inflación de alimentos no tiene un responsable único, es el resultado de múltiples factores que coinciden.
Nada de esto es nuevo, hace rato se sabe. Está en los diagnósticos, en los planes de desarrollo, en los Conpes, pero no se ha actuado con la velocidad ni la escala que se requiere. La inflación total llegó a 5,84% en mayo, jalonada principalmente por servicios, los alimentos contribuyeron, pero no son el único ni el principal motor. En lo corrido del año acumula 4,36%, cuando en el mismo período de 2025 iba en 3,63%. Estamos en junio y la inflación acumulada ya equivale a 68% de lo que se esperaba para todo el año y el segundo semestre todavía no ha comenzado.
Los colombianos acabamos de elegir presidente. Ahora viene la parte difícil, gobernar, y gobernar bien. Los choques climáticos pasan, pero la baja productividad del campo no desaparece sola. Se trata de concretar lo que muchas generaciones de gobernantes han dejado pendiente, porque hoy, el canasto del mercado de millones de familias se está llenando cada vez menos.