De residuos a bioenergía
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Claudia Calero Cifuentes

De residuos a bioenergía

12 de agosto de 2026
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Cada vez que un avión desciende sobre Cali vemos campos sembrados en caña y la primera imagen que se nos viene a la cabeza es: azúcar. Lo que pocos saben es que ahí abajo está la respuesta a un problema que el Valle del Cauca no ha resuelto y es que importamos la mayor parte de la energía que consumimos.

Según un estudio reciente realizado por Cenicaña, que determina el primer inventario de bioenergía del departamento, el Valle demanda cerca de 170.000 terajulios al año y genera un poco más de 43.000. El resto llega de otras regiones y en su mayoría proviene de fuentes no renovables. Es paradójico que esta sea nuestra realidad, cuando somos la tercera economía del país ($180,9 billones de PIB en 2025, $1 de cada $10 que produce Colombia).

La paradoja es que la materia prima para cerrar esa brecha ya la tenemos acá en esta tierra. El Valle genera cada año casi 8 millones de toneladas de biomasa residual de actividades agrícolas, pecuarias, industriales, urbanas y forestales. La caña aporta 6 millones entre bagazo y residuos de cosecha. El potencial energético de toda esta biomasa es de 23.000 terajulios anuales. Con digestión anaerobia, parte de esos residuos se convertiría en biometano suficiente para cubrir 23% del gas que consume el departamento a nivel doméstico e industrial. Con combustión eficiente, una parte importante generaría electricidad equivalente a 65% de la demanda del Valle del Cauca.

Debo decir que no partimos de cero. Según la Upme, la bioenergía en nuestro país representa 10,8% de la matriz energética nacional, frente a un promedio mundial de 6,8%. En el Valle, es 17% de la matriz energética, frente a 5% del resto de departamentos. El bagazo de caña es el principal protagonista de esa diferencia. Además, aquí se produce 60% del bioetanol nacional.

Hay grandes esfuerzos e inversiones que explican este comportamiento.

En la última década la agroindustria produjo 4.600 millones de litros de bioetanol y 18.604 GWh de energía renovable con bagazo; siendo el suroccidente el que concentra 93% de la cogeneración del país, lo que equivale a alumbrar 600.000 hogares al año.

El siguiente paso que debemos dar es el de la diversificación. Pasar de cogenerar con bagazo y producir etanol para oxigenar gasolinas, a cogenerar también con residuos de cosecha y producir biometano, hidrógeno verde, combustible sostenible de aviación y marítimo.

El reto es lograr que cuatro de cada diez familias del Valle puedan cocinar con gas domiciliario renovable de la caña, dado que el potencial es de 80 millones de metros cúbicos de biometano al año. Producir 30.000 toneladas anuales de combustible sostenible de aviación SAF y que por Buenaventura salgan barcos con combustible de origen agrícola.

Para que esto ocurra se requiere inversión, investigación alineada a las necesidades de la industria, talento formado y entrenado, así como modelos de negocio consolidados y que se puedan escalar. En todo caso, se requieren reglas estables, porque ningún inversionista va a comprometer capital a largo plazo si las condiciones cambian a mitad del camino. Del Estado dependemos… se requieren políticas públicas que promuevan y den seguridad jurídica a las inversiones.

Llevamos años preguntándonos cuál será la próxima apuesta industrial del suroccidente. Probablemente no tengamos que buscarla en otro lado, está justo aquí, en la convergencia entre agricultura, energía, ciencia, industria y logística. El Valle no tiene que seguir importando su futuro energético. Lo puede cosechar, siempre que las señales duren más que un gobierno.

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