En las últimas semanas, la palabra “súper” ha venido publicándose en medios y en redes sociales para describir el fenómeno de El Niño, que se avecina para el segundo semestre de 2026. Ante esto, conviene precisar que el propio Ideam ha dado claridad que: el “Súper Niño” no es una categoría científica reconocida, eso sí, es una señal suficiente para no ignorarlo.
El Ideam, en conjunto con el Ministerio de Ambiente, reportan 61% de probabilidad de que las condiciones del fenómeno se instalen entre mayo y julio, cifra que podría escalar a más del 90% hacia septiembre. De otra parte, la Noaa estima una probabilidad de 83% de ocurrencia hacia finales de año, con intensidad proyectada entre moderada y fuerte.
En otras palabras, El Niño ya está aquí. Para el sector agropecuario, la pregunta no es si el fenómeno será “súper” o no, la pregunta que debemos responder es: ¿qué aprendimos del último Niño y qué vamos a hacer diferente esta vez?
Para ponerlo en contexto: en 2024, El Niño a los ganaderos les dejó pérdidas superiores a $202.000 millones, más de 16.700 animales muertos y 703.000 hectáreas afectadas por sequía (Fedegan-FNG. Balance oficial). Y el riesgo sigue vigente, Corficolombiana advierte que El Niño fuerte podría elevar la inflación de alimentos en 3,9% y recortar hasta 0,5% el crecimiento del sector agropecuario.
Desde el agro debemos prepararnos estratégicamente. Centros de investigación, como el de la caña de azúcar - Cenicaña, han indicado por dónde empezar: monitorear caudales, programar el mantenimiento de la red de riego, llenar los reservorios y limpiar los canales de conducción antes de que llegue el fenómeno. Aplicar el balance hídrico para usar solo el agua necesaria, evitando el agrietamiento del suelo y el daño a las raíces, mediante riegos más frecuentes y de menor lámina. Asimismo, ajustar el control administrativo del riego según la textura del suelo y la pendiente del terreno.
Es justo en estos momentos donde los gremios, asociaciones y centros de investigación deben jugar un rol articulador: la transferencia del conocimiento debe llegar a todos por igual, al grande, al mediano y al pequeño. Se necesita tomar decisiones a tiempo, porque cuando la variabilidad climática llega, no pregunta: ¿cuántas hectáreas tiene usted, señor agricultor?
No es un asunto solo del agro; a los que vivimos en las ciudades también nos toca. En Europa, en el siglo XVII, la gente evitaba bañarse porque creían que el agua abría los poros y les llegaban enfermedades. Tampoco es que vamos a llegar allá, ¡ni más faltaba! Lo que le quiero decir es que el lavado de su carro sí puede esperar y que no podemos perder de vista que el agua es un recurso finito.
Es el momento de actuar coordinados. La agroindustria de la caña lleva dos décadas protegiendo las cuencas a través del Fondo Agua por la Vida y la Sostenibilidad, asegurando que los ríos mantengan su capacidad reguladora y que las reservas subterráneas no se deterioren. El Niño pone a prueba ese esfuerzo. Por eso, las autoridades ambientales deben garantizar una gestión rigurosa y sostenible del recurso, y los usuarios asumir un consumo responsable. Que el agua alcance para todos, que sigamos siendo productivos y que nadie tenga que preguntarse si el agua que sale hoy por el grifo de su casa va a seguir saliendo mañana.
Hay que activar los planes de riesgo ya, no cuando el problema esté encima. Hoy todavía tenemos margen; cuando bajen los niveles de los ríos, ya será tarde. No saber qué tan fuerte viene, es justamente la razón para actuar más rápido. No hace falta que sea “súper” para tomárselo en serio.