La fertilización edáfica en Latinoamérica enfrenta un punto de inflexión. La región combina una alta dependencia de insumos externos con una base significativa de recursos minerales, orgánicos y biológicos. En este contexto, y centrando el análisis en lo que efectivamente se emplea en América Latina, surge una pregunta clave para la innovación en fertilizantes: ¿se ha estancado el mundo en la verdadera innovación en este sector?
La diversidad de solubilidades, los productos obtenidos mediante procesos térmicos, así como el uso de biofertilizantes, inhibidores, recubrimientos y tecnologías de liberación controlada representaron avances relevantes en su momento y continúan aportando beneficios agronómicos en la actualidad; sin embargo, muchas de estas soluciones se encuentran hoy ampliamente difundidas y, por tanto, ya no pueden considerarse innovaciones. Del mismo modo, desde tiempos ancestrales la agricultura ha incorporado materiales orgánicos y minerales como base de la nutrición vegetal, por lo que su utilización, en sí misma, tampoco puede definirse como innovación.
En este escenario, la descarbonización de los procesos productivos y la producción de fertilizantes a partir de hidrógeno verde surgen como iniciativas de alto valor para el cuidado ambiental. El desafío consiste en reflexionar si estas tendencias representan una nueva etapa de innovación tecnológica o si corresponden, más bien, a una adaptación necesaria frente a exigencias ambientales y marcos regulatorios que ya se perfilan con claridad.
La nanotecnología, considerada actualmente como una de las innovaciones más relevantes, aparece como una verdadera frontera tecnológica, aún con aprendizajes pendientes y con desafíos ambientales, agronómicos y de costos que deben resolverse antes de una adopción masiva y responsable.
Desde una perspectiva regional, uno de los ejes centrales de la innovación en Latinoamérica es el aprovechamiento de fuentes locales de fósforo, particularmente rocas fosfóricas con contenidos moderados de P₂O₅. La literatura agronómica ha demostrado que su eficiencia puede incrementarse mediante procesos de acidulación, tratamientos térmicos controlados y el uso de microorganismos solubilizadores. En este caso, el desafío no radica en la disponibilidad del recurso, sino en la consistencia agronómica de las formulaciones y en su adecuada integración dentro de los sistemas de manejo del suelo.
De manera complementaria, Latinoamérica dispone de minerales funcionales que aportan calcio, silicio y magnesio, nutrientes asociados a la mejora de la estructura del suelo, al aumento de la resistencia al estrés y a una mayor eficiencia fisiológica de los cultivos. Estos materiales, correctamente procesados y formulados, representan una línea de innovación incremental con alto potencial técnico, especialmente en suelos altamente meteorizados y con baja saturación de bases.
La región también cuenta con una amplia base de materiales orgánicos y subproductos de origen agrícola e industrial con valor agronómico comprobado. Residuos animales estabilizados, residuos vegetales tratados y subproductos térmicos han demostrado efectos positivos sobre la fertilidad química, física y biológica del suelo, siempre que su uso esté respaldado por criterios técnicos, control de calidad y una dosificación adecuada.
En el ámbito biológico, los biofertilizantes y los microorganismos funcionales han evolucionado en la región desde enfoques empíricos hacia aplicaciones más técnicas, orientadas a mejorar la eficiencia en el uso de nutrientes y procesos fisiológicos específicos de las plantas, ya contamos en America Latina con empresas y entidades especializadas en el tema.
En síntesis, la innovación en fertilizantes en Latinoamérica, considerando las tecnologías actualmente utilizadas, puede calificarse como relativamente estancada, mientras que las principales oportunidades regionales se sustentan en el aprovechamiento técnico de los recursos minerales, orgánicos y biológicos disponibles en la región.
La agricultura presente y futura demanda fertilizantes que trasciendan la función nutricional básica y ofrezcan efectos múltiples, integrando la nutrición vegetal con mejoras en la sanidad de los cultivos y en la calidad del suelo, así como insumos que optimicen el uso del agua y contribuyan a una mayor eficiencia hídrica en los sistemas productivos. Adicionalmente, se requiere el desarrollo de fertilizantes de origen múltiple, que combinen de manera técnica y controlada componentes bioquímicos, orgánicos y minerales, junto con nutrientes cuya eficiencia esté comprobada científicamente y cuya efectividad agronómica sea real y consistente en campo.
En este contexto, la pregunta persiste: ¿estamos realmente estancados en la verdadera innovación en fertilizantes?