La erradicación muestra el potencial de las fronteras
Hace unos días, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, Unodc, actualizó las cifras sobre la presencia de cultivos de hoja de coca en Colombia, y mostró que, al cierre de 2024, estas siembras tuvieron un incremento de 3,5% en su variación anual. Si se analiza el registro desde 2014, se evidencia que en la última década las hectáreas sembradas se cuadruplicaron.
Si bien el dato refleja que el narcotráfico sigue muy presente en la economía y en la agro, no deja de ser diciente el hecho que la hoja de coca sea el octavo cultivo más extenso del país. De hecho, supera en extensión a la cebolla, la zanahoria, el tomate, la piña, el mango y muchas hortalizas.
Sin embargo, se encuentra lejos del café, que al cierre de 2025 registraba casi 840.000 hectáreas sembradas; de la palma de aceite, con cerca de 690.000 hectáreas; o del arroz, que cerró el periodo anterior con poco más de 711.000 hectáreas. Esto plantea una premisa ante el mercado global: Colombia no es un país cocalero.
El informe de la Undoc también revela que, de los 1.122 municipios, solo en 180 hay cultivos de coca. Es decir, en menos de 20% del país se siembra esta hoja, y solamente 10 poblaciones concentran casi la mitad de la producción, siendo Tumaco el principal productor del país.
Esto muestra que el Pacífico sigue siendo el eje de este cultivo, pero el registro histórico evidencia una migración de las siembras hacia la frontera con Ecuador. Lo mismo pasa en la región del Catatumbo, y sobre todo la zona de frontera con Venezuela.
Esta no solamente es la lectura de que los narcos están buscando acercarse a las rutas fronterizas para sacar sus productos, sino que están cooptando espacios a los que el Estado y la productividad nacional casi nunca le han apostado.
Si bien nadie tiene la varita mágica o la receta para acabar con el narcotráfico, o estos denominados cultivos ilícitos, lo que sí se demuestra es que estas zonas pueden ser un eje de la agricultura colombiana, y que, si se le dedica tiempo y esfuerzo, podrían convertirse en las mecas de muchos otros agroproductos, lo que haría que los campesinos ya no dependan de la “plata fácil” que les deja el narcotráfico, lo que podría incentivarlos a dejar de sembrar coca y apostarle por otros productos, potencializando así la canasta agrícola y también el aparato productivo nacional.